Hace un par de años me dio por emprender. Sí, así como suena y así de tonto soy. Porque es cierto que viendo estas cosas en las noticias te dan ganas de no hacer nada. Me levanté un día, miré mi vida y pensé: “¿Y si por fin monto mi propia empresa de marketing?” Total, llevaba años trabajando para otros, rompiéndome la cabeza con estrategias, clientes, campañas… y al final la firma en los proyectos nunca era la mía.
Así que me lancé. Tenía ganas, ideas y una ilusión que no me cabía en el pecho, pero vamos, que eso era lo único, la ilusión porque el resto solo fueron problemas y más problemas. Como suele pasar en este tipo de cosas, lo que no tenía era dinero. Y ahí empezó la aventura… o mejor dicho, el vía crucis.
Todas las puertas se me cerraban. Es una frase que siempre recuerdo. Fui banco por banco, entidad por entidad y hasta toqué puertas de gente que ni sabía que existía. Yo llegaba con mi proyecto impreso, mis números, mi plan y, sobre todo, mis ganas. Pero siempre pasaba lo mismo: me escuchaban, me sonreían y me soltaban algún “lo vemos complicado”, “ahora mismo no es viable” o el mítico “vuelve en unos meses”. Vamos que tenía que demostrar que tenía dinero para que me dieran dinero.
Vamos, que me estaban diciendo que no, pero con buenas palabras. Y mientras tanto, las facturas seguían llegando, las ideas seguían ahí y la ilusión empezaba a desgastarse. Porque una cosa es tener un sueño y otra muy distinta es intentar financiarlo cuando nadie confía en ti, cuando te ven como un riesgo, cuando te hacen sentir que estás empujando una montaña tú solo.
A punto de tirar la toalla
Hubo un día, uno muy concreto, en el que dije basta. Estaba sentado frente al ordenador, mirando mis cuentas, haciendo números que no cuadraban ni queriendo… y pensé: “¿Para qué seguir? Si nadie me financia, esto no va a despegar jamás.”
Me entró ese bajón que solo los emprendedores conocen. Ese vacío en el pecho que te hace pensar que todo ha sido una pérdida de tiempo, que mejor volver a un trabajo estable y dejarse de líos. Pero ya ves… el destino tiene formas raras de aparecer.
Esa misma semana, hablando con un colega del gremio, le conté mi situación. Me miró, se echo casi una carcajada y me dijo:
—Tío, ¿pero no conoces a WorkCapital?
Yo me quedé a cuadros. “¿Work qué?”
Pues sí, resulta que esta empresa Work Capital, se dedicaba justo a lo que yo necesitaba: financiación alternativa, rápida y adaptada a empresas como la mía, que están empezando o que simplemente no encajan en los moldes del sistema tradicional.
Confieso que al principio pensé que sería “más de lo mismo”. Pero como no me quedaba nada que perder, decidí probar.
Desde la primera llamada sentí algo distinto. No me trataron como un número ni como un problema. Me escucharon, entendieron lo que necesitaba y, encima, lo explicaron todo sin tecnicismos raros. Como a mí me gusta: claro, rápido y al grano.
Descubrí que su enfoque de financiación era totalmente diferente. No tenían ese rollo rígido y frío de los bancos. Al contrario: buscaban soluciones reales para empresas reales. Y cuando digo “soluciones”, lo digo con todas las letras.
Financiación integral
Me ofrecieron una financiación integral adaptada a mis necesidades, ni más ni menos. No era un producto predefinido ni una fórmula estándar. Era algo pensado para mí, para mi negocio, para mi situación. Pero la sorpresa no acabó ahí. Al meterme en su web y hablar más con ellos, descubrí que no solo se trataba de tener capital. Tenían otras opciones superinteresantes que yo ni sabía que existían.
Una de las que más me llamó la atención fue el Descuento de pagarés. Y te lo explico como lo entendí yo, en modo sencillo:
Si tienes un pagaré que vas a cobrar dentro de semanas o meses, puedes anticiparlo sin esperar a la fecha de vencimiento. Ellos te dan el dinero antes, tú consigues liquidez inmediata y puedes seguir respirando sin quedarte bloqueado.
Vamos, que si antes vivía ahogado por los tiempos de cobro, ahora podía gestionar mi negocio sin estar mirando el calendario cada dos minutos.
Para un emprendedor como yo, eso es oro puro. Cuando las cosas por fin empiezan a rodar
Con la financiación de esta empresa pude arrancar mi empresa con todas las letras. Pude comprar material, invertir en herramientas, lanzar campañas, contratar apoyo y, sobre todo, dedicarme a lo que mejor sé hacer: marketing.
Lo mejor es que sentí algo que hacía mucho no sentía: tranquilidad. Esa sensación de no estar luchando solo contra el mundo, de tener una mano que te apoya cuando los demás solo te ponen pegas.
Y ahí entendí algo importante: a veces el problema no es que tu idea no sea buena, sino que necesitas encontrar al aliado correcto.




